martes, 16 de febrero de 2016

El amor no es paz, sino la espada.

Se han dicho muchas cosas acerca del #Amor. La gente escribe poemas y hace metáforas, le dedica canciones vacía botellas de alcohol en su nombre. Pero si algo nunca se ha dicho sobre el tema del amor, es que el hijo de %#ta sea una cosa fácil.

En realidad, es uno de los temas más complicados en toda la existencia humana. No solo tenemos que definir lo que queremos en otra persona, sino que también debemos aceptarnos a nosotros mismos para poder experimentarlo. Se necesita algo parecido a la identidad, y ya he hablado de lo complicado que es eso.

Pero principalmente, entregarnos al amor es cosa difícil porque tenemos que rompernos. Ya sea que nuestros sentimientos se consumen o se traicionen, igual tenemos que acabar rompiéndonos.

Es la misma esencia del amor: como todos los ejercicios espirituales, te engatusa prometiéndote poderes y maravillas más allá de la comprensión humana, y cuando menos te das cuenta, te dice como de pasada que para obtenerlas necesitas abandonar tu propio ser.

No es que sea malo, porque nos limita. Solo que se vuelve incómodo como el carajo cuando la vida, el universo y todo lo demás te vienen a cobrar el precio último por el mayor de los tesoros.

Por eso mismo necesitamos estar seguros de quiénes somos, en dónde estamos y qué diablos queremos lograr. Para decirlo de otra manera, no te pongas a buscar el amor o la iluminación si no estás dispuesto a dedicarle tu vida, porque si lo encuentras te va a cambiar la vida.


Tal vez por eso se dice que ni el amor ni la Verdad se pueden buscar. Te encuentran como el hambre: sin avisar, igual de insistentes.

Y como el hambre, son necesidades vitales; existe una anécdota que ilustra muy bien este principio.

El Maestro estaba en el monasterio cuando uno de sus discípulos llegó buscando su consejo.
"Medito y medito todos los días", le dijo. "Me he entregado a una vida de devoción, pero a pesar de todos mis esfuerzos no alcanzo la iluminación. ¿Qué puedo hacer?"
El Maestro le dijo: "acompáñame al estanque, y ahí te daré el secreto". 
Sin poder creer su suerte, el discípulo fue ávidamente detrás del viejo monje, a penas siendo capaz de contener su emoción. Cuando al fin llegaron, el Maestro pregunto: "mira de cerca y dime, ¿qué ves en el estanque?" 
"Agua y peces", contestó el discípulo.
"Esa es una respuesta demasiado simple. Tienes que ver más allá" dijo el
Maestro. "Piensa bien antes de responder". 
El joven discípulo se quedó mirando su reflejo, el agua, los peces, cuando su Maestro lo tomó de la cabeza, sumergiéndola en el agua. La presión parecía de acero, pues no se pudo liberar y, al cabo de poco tiempo, estaba luchando desesperadamente para ganarse un respiro.
Cuando a penas se podía mover, el Maestro lo soltó y le dijo: "Mira, no tienes que hacer nada; cuando busques la Verdad con la misma desesperación que necesitabas el oxígeno, entonces la encontrarás".

Sé lo que vas a decir: los orientales están locos.

Pero no hay otra forma de recorrer el camino de la iluminación. O te juegas la vida, o mejor te quedas en tu casa, porque la broma más vieja del universo (o por lo menos de la tradición iluminista) es que el aspirante debe entregar su vida para recuperar la Unidad, que no permite alucinaciones tan superficiales como la individualidad: esa muralla utilizada para separarnos del universo.


Así es como los iniciados han protegido el misterio por milenios: se lo entregan a cualquiera, y el que se achica cuando enfrenta la muerte es rechazado.

Todo lo demás es puro adorno; en el camino de la iniciación, y del amor verdadero, lo único que importa es tu capacidad para entregarte al asombro.

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