Me parece que uno de los problemas más grandes de la gente de hoy es la lucha por definir su identidad. En una publicación de otro blog hablé un poco más acerca de esto, pero esta vez me gustaría hablar acerca de las alternativas. Muchos pensadores han hablado acerca de la búsqueda de la identidad; en esta publicación vamos a revisar las ideas de Carl Jung, que la aborda desde la religión, y Carlos Castaneda, que la enfoca desde la trascendencia personal
El psicoanalista suizo Carl Gustav Jung una vez escribió que no sabía si dios era real. Pero, para el ser humano, la experiencia de dios es real. Eso es un hecho innegable.
Lo que no a todos les parece es que Jung, siendo psicoanalista, no se quedó conforme con una afirmación que puede mantener a todos, creyentes y ateos, igual de contentos. El dijo que la experiencia de la divinidad es universal.
Jung pensaba que ese ser etéreo y fantástico que muchos aseguran haber visto pero nadie puede presentar pruebas: ese ente llamado "ateo", en realidad no existe.
Sería, para él, un fenómeno tan increíble e imposible como el patriarca, gobernante y creador del Universo es para el ateo.
Porque al igual que en la retórica victoriana, retomada en reacción a la violenta racionalización del universo y la subordinación del cosmos y todos sus fenómenos al modelo mecánico, contraatacando con la afirmación de que Dios debe existir porque el universo existe, y algo tan improbable como los planetas, las golondrinas y los lunes necesitan un creador.
Bueno, la visión contraria actual sostiene, más o menos, que existían cocteles de proteínas y otros compuestos orgánicos en la tierra, de repente fueron golpeadas por un rayo y como el monstruo de Frankenstein, nacieron las primeras células vivas. Se que lo estoy simplificando demasiado, pero hice lo mismo con la visión de la teología; si no te parece correcta la reducción de la visión científica, por favor investiga un poco sobre teología.
Pero creo que, si no eres científico o teólogo, la explicación dada en este texto es suficiente para dar un par de visiones diferentes sobre el principio de la vida, misterio que nadie ha podido responder, y también crear un poco de contexto al escepticismo de Carl Jung.
Igual que los teólogos propusieron que Dios existe porque el Universo existe, El psicoanalista suizo pensaba que todos creemos en dios porque el universo tiene, más o menos, sentido para nosotros.
Es decir, no pensamos que tenga un propósito, y si llegamos a pensarlo no sabemos cuál es; pero pensamos que ciertas cosas como la gravedad, la atracción entre los átomos o por lo menos los lunes son eventos más o menos regulares que no van a desaparecer porque al universo se le ocurra ponerse rebelde.
En otras palabras, si se te metió la idea en la cabeza de que las cosas por aquí tienen sentido, llámese matemáticas, ciencia o teología, entonces crees en dios. Es tan irritante como pensar que la materia misma es prueba de que existe un principio espiritual, porque en realidad no puedes argumentar en contra. Solo puedes decir, como hicieron los filósofos renacentistas, que ese es un argumento circular y la verdad no prueba nada.
Después utilizaron el método científico para probar como la materia era producto de ciertas leyes naturales y la interacción de fuerzas que podemos estudiar, a lo que los teólogos contestaron que sí, en efecto, Dios en toda su gloria había creado esas fuerzas y leyes.
Así que no intentes argumentar contra Jung; no puedes ganar porque, entre otras razones, él está muerto y no puede contestar tus argumentos.
Lo que sí puede, o al menos pudo hacer, es darnos una forma de utilizar su hermosa e irritante retórica con la que intentaba demostrar que todos somos creyentes: verás, en la visión religiosa podemos argumentar que dios existe pero la cosa se vuelve difícil cuando intentamos conocerlo; cuando hablamos de Carl Jung, el punto de creer en un dios es conocerlo. O, más bien, conocernos a nosotros mismos.
Verán, Jung era psicoanalista; él pensaba que, si piensas que el universo tiene tal o cual orden, eso dice más acerca de ti que del universo.
Es por eso que se inventó algo llamado "camino del Héroe". Porque pensaba que todos los seres humanos tenemos el derecho de conocer a nuestro Dios, en todo su esplendor, y observó que todas las culturas tienen un camino para lograrlo.
Pero Jung, racionalista y con entrenamiento científico, no podía aceptar que tenemos que ser santos, observar cada precepto religioso, y vivir una vida inmaculada para ganarnos ese derecho. Es decir, era discípulo de Freud; se pasó toda su formación aprendiendo que los seres humanos, todos y cada uno de nosotros, vivimos pecando en pensamiento y palabra; solo por un milagro nos logramos detener, a veces, de pecar también en acción.
Jung, si hacemos caso a su tesis de que nuestras idea sobre el mundo hablan más a cerca de nosotros mismos que de la realidad, no quería negarse la posibilidad de conocer al Divino, por lo que nos dio, en su filosofía, una forma de conocerlo a todos los demás.
Lo hizo a través de la aceptación incondicional de nuestra realidad interna; buena, mala, pecadora y pervertida. Hermosa en todas sus manifestaciones. Era un viejito lleno de amor.
Porque una de mis frases favoritas de ese señor es que, para aceptar la oscuridad en los demás, debemos aceptarla en nosotros mismos. Para Jung el verdadero Santo, el héroe consumado, es aquel que puede aceptar sin miedo ni juicios a los demás porque se ha aceptado a sí mismo sin juzgarse.
Y no puede ser de otra manera si consideramos su afición al misticismo oriental y entendemos que su postura es idéntica al Budimso Zen, que no trata de cambiar al individuo; se intenta por todos los medios aceptar que la realidad es una. Si no podemos probar la existencia de la realidad, únicamente nuestra experiencia de la misma, entonces debemos aceptar nuestra forma de ser, nuestra realidad psíquica.
Porque intentar cambiarla sería tan ridículo como intentar cambiar a Dios, que ni siquiera podemos asegurar si existe o no.
Esa es la importancia monumental del pensamiento de Carl Gustav Jung.
Dijo por primera vez en la espiritualidad occidental, y quiero decir por primera vez en toda nuestra historia, que no somos seres rotos y debemos cambiar. No somos mortales que deben buscar el favor de los dioses, o pecadores en busca de la redención. No somos materia oscura ni gigantes que han olvidado su grandeza; somos lo que somos, y así estamos bien.
En una publicación pasada hablamos del camino del héroe, propuesto por Carl Gustav Jung. Siendo suizo, tomó una postura teológicamente neutral afirmando que si crees en dios está bien y si no también, porque lo único que verdaderamente importa es que creas en ti mismo.
Y es que Carl Jung no fue el creador de esta postura individualista; más bien es un exponente más de la tendencia sub-cultural del siglo XX de buscar la identidad fuera de una institución; de definirnos por quien somos, no por el gurú que nos imponen o escogemos.
El filósofo que empezó esta tendencia fue Edward Alexander Crowley, conocido por, bueno, la verdad es que no lo conoce absolutamente nadie que sea relevante en este universo. Pero los dos exponentes más importantes de la búsqueda religiosa, en el sentido estricto de reunión con la experiencia de la divinidad, fueron sin duda alguna Carl Jung... y Carlos Castaneda.
Y es que el filósofo suizo tomó por asalto las catedrales académicas con sus alocadas propuestas de conocer a la divinidad en carne viva; los eruditos que se adentraron al estudio de la religión desde el marco de la ciencia social se limitaban a describirla de manera distante, sobria y objetiva. Jung fue, hasta donde yo se, el primero en proponer que si queríamos hablar del éxtasis religioso, lo más fácil era embriagarse con la sustancia: emprender la búsqueda de dios en nuestro propio sistema nervioso. Esto lo hizo muy, pero muy impopular en círculos académicos... Y religiosos.
Quiero decir, estamos hablando del hombre que le dijo al psicoanalista que la divinidad, y no el libido, era la fuerza primordial en torno a la que giraba nuestro psique, al mismo tiempo diciéndole al católico que Dios no era una trinidad, sino que tenía una cuarta parte enterrada en lo más profundo del infierno; que si el sumo gobernante del universo era omnipresente, unitario, como seguramente debía serlo, entonces debería abarcar la oscuridad para estar completo.
¿Qué puedes pensar acerca de eso? Primero te dice que dios existe porque tu crees que existe, y eso hace que lo crucifiquen los académicos. Luego te dice que el diablo es una cara más de tu divino Señor, poniendo a rezar al religioso en un intento desesperado por exorcizar al pobre psicoanalista.
Pero no todo mundo cree en la religión o la ciencia.
Verán, son como perros y gatos; polos opuestos de una moneda filosófica que ha venido girando en un volado con el alma de este mundo por un lado y su integridad intelectual por el otro. Pero en medio habitan los dragones, que son la superstición de un bando y los demonios del contrario. Mientras este mundo se revuelve en un espagueti de creencias los brujos e iniciados preparan su brebaje. Invisibles a plena luz del día, las logias y las cofradías han sobrevivido la prueba del tiempo manteniendo su presencia, habitando entre las piedras de las catedrales y las universidades, enseñando el mismo mensaje invariable a través del tiempo, cambiando la metáfora para alcanzar al ciudadano común.
Al igual que Carl Jung le arrebató el misterio de la divinidad a la institución religiosa y el monopolio de la experiencia interna a la academia para entregársela a cualquier ser humano que tuviera el el coraje de aceptarse a sí mismo, don Carlos Castaneda le quitó a las sociedades secretas la presidencia sobre la iluminación.
Es importante dar un poco de información acerca del contexto en el que publicó don Carlos.
Los 60s fueron una época contradictoria. Paralelo a la influencia en Harvard, y por lo tanto en el pensamiento académico estadounidense, del famoso B. F. Skinner, uno de los principales exponentes del Análisis de la Conducta, escuela que reduce el fenómeno psíquico a una serie condicionada de conductas observables, se encontraba en su mayor auge la influencia del Dr. Timothy Francis Leary, otro graduado de la famosa universidad que sin duda les gustaría eliminar de su historia. Él fue el abanderado del movimiento hippie, dándole una justificación en palabras tomadas de la neurología, la psicología y la filosofía a los ideales de amor libre y consumo de drogas que lo hicieron, en palabras del presidente Nixon, "el hombre más peligroso de América".
Entre estos dos titanes que moldearon la escena social norteamericana tenemos el objetivismo de Ayn Rand, que fue (hasta donde estoy informado) un llamado al individualismo como nunca antes se había conocido, pidiéndole a cada quien definir su propio bienestar y buscarlo sin remordimiento. Por último, el místico G. I. Gurdjeff había logrado por primera vez en la historia de occidente popularizar en este hemisferio la ideología ancestral de buscar la verdad por encima de los confortes de este mundo, traduciéndola a un lenguaje que podíamos entender, más o menos, proponiendo que para buscar la iluminación no necesitábamos recluirnos en un monasterio: simplemente dejarnos de pendejadas. Esta es la ideología central del llamado cuarto camino, más o menos.
Carlos Castaneda tomó todas estas enseñanzas, las puso en la licuadora y condimentó de forma generosa con el sabor de la brujería mexicana.
Como no enamorarse de algo así.
Para los autonombrados Guerreros, Brujos, los Iluministas que no se reconocen como parte de ninguna institución ni rezan fórmulas o pagan tributos, era justo el platillo que estaban buscando.
Además en todos sus libros habla del peyote y otras plantas alucinógenas en pleno esplendor de la revolución hippie, ¿recuerdan? Las describió como un camino certero a la iluminación. Al menos es lo que todos quisimos entender, pero si pones atención a lo que dice, sus escritos estaban llenos de advertencias.
Y ese no era el mayor encanto de don Carlos. Lo mejor, la parte absolutamente irresistible de su filosofía, es que toma como el único camino hacia la libertad, concepto que Jung llamo integración, el acto de poner atención y liberarse de la cadena sofocante de las expectativas.
Estamos hablando de una época sumamente confusa.
El ciudadano promedio no sabía si ahogarse con drogas o entregarle a la psicología el concepto de libre albedrío; la escuela humanista no vendría a rescatarnos hasta décadas más tarde, probablemente cuando sus principales exponentes dejaran la marihuana y LSD lo suficiente para verbalizar los aprendizajes de su juventud respaldados por sus flamantes títulos universitarios.
No sabía si hacerse un individuo extremo o un místico occidental. No tenía nada claro, excepto que vivir confundido estaba del carajo.
Es entonces cuando Castaneda llegó al rescate para invitarnos a observar el mundo, a mantenernos despierto, a confiar en nosotros mismos. Eso es algo que todos podíamos hacer.
Su alternativa a la socialización, al conformismo, a la identidad del consumo masivo era empaparse del mundo y tener experiencias; le llamó cazar poder para usarlo como estandarte del camino del brujo.
El verdadero Guerrero es aquel que se caza a sí mismo; no se permite los pretextos o dejarse convencer; es práctico y eficiente; es rápido y sabe qué hacer. Eso es tan importante. En una época tan inmensamente confusa, el Guerrero es aquel que sabe qué hacer, porque confía en sí mismo.
A los hippies les encantaba; a la sociedad moderna, aún más.
Si en los 60s teníamos una manada de brujos y chamanes, de filósofos y psicólogos peleando por nuestras almas, la época moderna es mil veces peor porque encima de todo eso tenemos que lidiar con los charlatanes.
No solo existen los brujos y científicos, sino los estafadores que fingen ser uno o el otro con tal de que les paguemos por darnos la versión popular del conocimiento secreto de sus escuelas. Como personas comunes y corrientes no sabemos de brujería, pero estamos dispuestos a pagar por una limpia; no sabemos de ciencia, pero gusto pagaremos a quien pueda darnos el "secreto".
Entre toda esta niebla impenetrable de conocimientos ancestrales y modernos, las enseñanzas de don Carlos parecen prácticas y universales; si pasas por un segundo toda su hermosa descripción de un mundo mágico, si te dedicas a buscar lo que puedes usar de lunes a domingo, entonces el mundo del Guerrero se vuelve accesible para todos porque somos libres de poner atención.
Y para Carlos Castaneda, el Gran Nahual, el camino del Brujo y el Guerrero no es más que darse cuenta.
Bravo. Bien elaborado y razonado. Son almas gemelas, en su significado cultural, Jung y Castaneda.
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