lunes, 16 de noviembre de 2015

La Piedra Filosofal no tiene que ver con la Filosofía.

Entre todas las tradiciones místicas a lo largo de la historia, la Alquimia destaca porque, sin lugar a duda, es la más fácilmente reconocible por su meta: la creación de la Piedra de los Filósofos, o #PiedraFilosofal: un artefacto místico que sostiene el increíble poder de convertir cualquier metal en oro.

Por supuesto, esto es una metáfora que no se refiere a otra cosa que... No, espera; antes de decirte el significado detrás de la Piedra, que sin duda alguna lleva consigo el secreto para sintetizarla, déjame hablarte un poco sobre la filosofía detrás del movimiento alquimista.

Verán, después de la era de Constantino, el emperador romano que hizo del catolicismo la religión oficial del imperio, todas las religiones naturalistas se vieron prohibidas y absorbidas.

Esto, lamentablemente, llevó consigo la prohibición del conocimiento de herbolaria y psicología que era el centro de dichas tradiciones. Por eso el misticismo europeo guardó silencio por muchos siglos hasta que, en la época de las cruzadas, las órdenes de caballeros empezaron a apropiarse y rescatar el conocimiento del oriente; no pudieron publicarlo bajo ese nombre, por supuesto, ni tampoco querían hacerlo, así que bajo la presidencia del Único Dios adaptaron la metáfora egipcia a su tradición occidental.




Ese es el origen de la Alquimia. El nombre viene de la raíz Al-Khemi, o proveniente de Egipto, porque todo el conocimiento alquimista es una adaptación de la antigua tradición de los hierofantes.

Tal vez por eso los iniciados se dedicaron a esconder sus secretos en catedrales y castillos, retomando la #ArquitecturaSagrada de las pirámides, pero eso será tema para otro momento. Por lo pronto, vamos a hablar de la alquimia en sí, y más específicamente de la Piedra Filosofal, cuya esencia y el secreto de su creación es... Pero, ¿cómo te puedo decir eso sin antes hablar de las prácticas de los alquimistas? Después de todo, ellos tenían un método y la Piedra es la cúspide del mismo.

Todos hemos visto en las películas al alquimista del pueblo metido en su laboratorio preparando brebajes y con pesados tomos simbólicos. La verdad es que la mayoría de los practicantes no tenían, ni la suerte, ni el dinero para conseguirse tantos libros sobre el tema. La mayoría eran pequeños manuscritos no más grandes que unas cuantas páginas porque, en primer lugar, no existía la imprenta, y en segundo lugar la inquisición hubiera visto con mucha a cualquier escriba que se dedicara a transcribir un libro mayor, en vez de las sagradas escrituras, así que los que copiaban ese tipo de libros eran nobles que, como en todas las épocas, eran una manada de flojos. Preferían resumir los conceptos.

La verdad es que esa imagen está equivocada porque las pócimas eran solo una parte del conocimiento. A través de sus elíxires, los alquimistas podían poner sus conocimientos al servicio de sus hermanos que nada les interesaba la Piedra Filosofal, sino que estaban concentrados en sobrevivir el resfriado común: una enfermedad mortal en la época de nuestros ancestros.




Ellos estaban más interesados en las propiedades del fuego; no como agente que permite los cambios químicos sino como una metáfora. Por eso se la pasaban horas metidos en el laboratorio sin descubrir absolutamente nada, pero cuando miraban a su propio espíritu se daban cuenta de que sin lugar a dudas estaba cambiando.

Esto solo era posible a través de las prácticas egipcias, que vamos a ver la próxima semana, y un entendimiento profundo de la doctrina de la Piedra Filosofal, que para los alquimistas verdaderos es



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