domingo, 22 de mayo de 2016

15. William Blake y la medicina infernal.

Si la señorita Rowling hubiera escrito #HarryPotter como entretenimiento menos infantil, este seguramente hubiera sido uno de los títulos de sus libros. Nos hace pensar en pócimas y conjuros, en la magia más negra y un legendario hechicero. Pero ella no escribió la historia de William Blake; más bien era un poeta de esos que se estudian en clase de literatura inglesa.

Bueno, antes que nada, me gustaría decir que hay algunos cuantos personajes famosos en la literatura y las artes que a la cultura popular le gusta fingir que no fueron brujos. Por ejemplo, Mozart era un masón que ocultaba algunas enseñanzas de la orden entre sus obras; Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas, hace oscuras pero constantes referencias a la Kabbalah, el estudio místico-matemático del Universo; y luego esta el hijo de &@ta William Blake.

Mira, no es que yo personalmente me ofenda porque el muy chacal puso al alcance de todo mundo los secretos de los alquimistas. La gente lo hace todo el tiempo, pero por lo menos tienen la decencia de esconder lo que saben un poquito. Blake, con ese nivel de descaro reservado para los místicos que se ríen de la inquisición desde la seguridad de un país protestante, declaró que la división entre el cuerpo y el alma es ficticio y producto de una mala interpretación de la Palabra. Seguro que a algunos sacerdotes les dio el patatús cuando escucharon eso.

Blake pensaba que la divinidad y el deseo, la razón y la energía sin forma eran una sola cosa; como polos opuestos pero con la misma esencia. La oposición entre estos dos, que se parece más a un juego que a nuestra famosa guerra santa, le da color al universo y es la fuente de toda creatividad.

Esta idea de que los opuestos son uno y la misma cosa no es nueva; todas las tradiciones orientales tienen una variante de este principio, como el Yin y el Yang de los chinos o el Yoni y Lingam de los hindúes. 


Pero esa no fue la verdadera bomba que William Blake dejó caer al pensamiento victoriano. Él propuso, varios siglos antes que los hippies amantes del LSD, que todo grano de arena es un universo infinito escondido por las "puertas de la percepción", en las famosas palabras del propio autor.

Esto es genial porque quiere decir que los seres humanos no estamos jodidos, como propone la doctrina del pecado original. Más bien somos un poco torpes porque nos gusta jugar a tener límites. 

Y este es todo el punto de la "medicina infernal" que William Blake pensaba era un corrosivo, porque no necesitamos algo que edifique más paredes sino aprender a derrumbarlas. 

En la próxima publicación aprenderemos la forma de hacer esto, pero primero hay que entender por qué digo que Blake era el alquimista de los infiernos.

Para él, la Gran Obra era sintetizar la propia esencia; no necesita existir algo más, no debemos buscar una transformación, sino liberarnos, porque los seres humanos tenemos un potencial endemoniado. A falta de mejores palabras: infinito.


Si comprendemos esto dejamos de buscar afuera. Eso es malo para todos los que te quieran vender la salvación. Pero es peor para los que están enamorados de las selfies.

Verás, para William Blake no existe nada en el ser humano que valga la pena salvar. No existen justos y los santos están condenados. Lo único que tenemos es la oportunidad de quemarnos, y de las cenizas crear algo más.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario