sábado, 2 de abril de 2016

12.Hay que comprender quién es el enemigo.

Toda religión tiene un demonio. De hecho, podríamos decir que la forma para identificar una religión es que te dicen cuál es la bondad suprema, que siempre incluye un tipo de obediencia hacia las leyes del estado, y definen a su contrario.

Solo diré que me parece divertido porque, hasta donde yo sé, todos los profetas fueron en algún punto enemigos del estado. El Maestro Jesús fue crucificado por el gobierno romano, y el Buda Siddhartha negó su estado de realeza para convertirse en un vagabundo más.

Es una cosa admirable cómo los rebeldes se vuelven los instrumentos de la conformidad, pero es aún más admirable cómo se distorsiona el mensaje más básico de todos: no existen contrarios, sino un solo universo que danza interminablemente.

Jesús el nazareno le pidió a sus discípulos amar al enemigo; nos pide sentir el mismo #Amor por nuestro prójimo que por nosotros mismos, y voltear la otra mejilla cuando nos afrentan. De alguna forma su filosofía de amor se convirtió en la necesidad imperiosa de quemar a todos los disidentes en la época de la inquisición, pero la iglesia ya se disculpo por ese pequeño desliz. 

El Iluminado, el despierto, Siddhartha, nos pidió aceptar que toda la existencia es un círculo interminable de sufrimiento, y mientras sigamos haciéndonos pen&@# vamos a regresar una y otra vez a sufrir y reír de nuevo, dos maldiciones igualmente insoportables para sus devotos. Sin embargo, este mensaje parece ser un poco pesado para los seguidores modernos, por lo que se inventaron el concepto de que si haces cosas malas te va a ir mal; eso suena como una muy bonita definición del karma, además de ser un mensaje conveniente para el gobierno porque ellos son quienes deciden lo que está bien o mal.


Bueno, no es que me importe, pero pienso que si vamos a llamarnos seguidores de una tradición, deberíamos estar dispuestos a escuchar el mensaje original y no las interpretaciones que le convienen a un grupo político o dirigente religioso.

Y como no me quiero meter en controversias, mejor voy a hablar de un tipo mucho menos santo, mucho más moderno, y mil veces más sarcástico que los Maestros que ya mencioné. Su nombre es Timothy Francis Leary; sus credenciales son haberse convertido en el mismísimo gurú de la contracultura hippie, para después rechazarla diciendo que era un movimiento infantil. Por supuesto, los hippies lo dejaron de escuchar cuando dejó de hablar de drogas, pero su carrera como rebelde y visionario continuó hasta el final de su vida.

Tal vez otro día hable un poco más de su biografía, que me parece innecesario, pero lo menciono porque, como todo buen demagogo y movedor de las masas, él definió la suma bondad y su enemigo el mal.

Para Timothy Leary, lo más importante en todo el universo, el propósito de la vida y la razón de nuestra existencia era volvernos seres inteligentes, inmortales y felices. El hijo de &#@% iba por todas las canicas. 

Como un incondicional fanático de la inteligencia, pensaba que el último enemigo era la estupidez, la depresión y el aburrimiento. ¿Puedes creer eso? En este planeta existió un tipo que rechazaba el aburrimiento como un enemigo natural de la condición humana. Estaba prediciendo la cultura del meme por varias décadas; hubiera sido tan famoso en internet.

Quiero decir, después de siglos de corrientes que nos tratan de decir: "esto está bien y cualquier desviación es un error imperdonable (a menos que nos pagues para perdonarte, por supuesto)"; después de décadas en un vacío existencial creado por la tradición atea, científica, agnóstica y materialista que culminó en la actitud consumista del siglo XX, llega este chacal con sonrisa amigable que dice "¡oye! Tranquilo viejo, solo necesitas pasártela bien". 

"Eres un organismo genéticamente diseñado para la felicidad". ¡Qué mensaje!

Seguro no fue el primero en decir que disfrutar la vida era la meta de la misma, pero nadie antes que él justificó su pensamiento con base en el sistema nervioso, en la biología y, más aún, logró hacer esa ideología parte de la cultura popular. Gracias a Timothy Leary, la idea de una tecnología de la consciencia, que literalmente significa un conjunto de técnicas que ponen los contenidos de nuestra percepción -- emociones, creencias, pensamientos -- bajo nuestro control, es parte de nuestro acervo.

Pero, como todo bien, debe traer consigo una consecuencia diametralmente opuesta y de igual magnitud. Nos hace creer que la gente mala es una grandísima hija de &@ta. Se nos olvidó pensar, como Jesús el Nazareno y el Buda Siddhartha, que la gente mala sólo está dormida.

No saben hacer algo mejor.

Al darnos cuenta de que la felicidad está en nuestras manos, pensamos que la gente que sufre, que causa sufrimiento, lo hace porque así lo eligió.


Pero nadie elige lastimar a la gente. Nos enseñan a hacerlo, y pensamos que está bien. Por eso pienso, como el buen doctor Tim, que el verdadero enemigo no es el ego, la ignorancia ni la misma maldad. Es el aburrimiento. La gente que sufre, no tiene nada mejor que hacer. Porque existen tantas alternativas.

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